El límite de nuestro compromiso

Hace tres años que oímos por primera vez el concepto “decrecimiento” y hace dos que decidimos empezar a aplicar gradualmente algunos de los preceptos de esta filosofía. Los pilares fundamentales: intentar reducir nuestro consumo y que el que hagamos sea de la manera más responsable y consciente posible.

Esto se traduce en reflexionar largamente antes de decidir comprar algún bien de consumo. Esto se hace difícil y farragoso, ya que la mayor parte de los productores son bastante opacos respecto a conceptos que deberían ser tan sencillos como de donde provienen sus materias primas o donde está su fábrica. Al final simplificas y sólo compras aquellos productos que te lo ponen fácil.

En la cesta de la compra semanal esto funciona muy bien, ya que los productos frescos los compramos en el mercado, la mayor parte de las veces a los propios productores, y para lo poco que compramos envasado, hay oferta de sobra. Y no me refiero sólo a productos ecológicos carísimos. Hay infinidad de productores locales que proveen sin vergüenza a la marca blanca del super de debajo de mi casa e incluso son marcas bien conocidas. Es más, hay industrias a nivel nacional que salen por la tele (¡Uoo!) y que son un ejemplo de transparencia.

Sin embargo, llega un momento que cansa. Cansa mucho. No todo se reduce a los berberechos de la cena. Estos días estamos intentando escoger qué muebles comprar para la habitación de nuestro futuro retoño. Como abarcar el problema gobalmente es casi imposible, vamos elemento a elemento. Y el primer elemento, el primer escollo: la cuna.2010 cuna

Queremos que el colecho pueda ser una opción para nosotros, lo que nos reduce el número de cunas del mercado radicalmente. Investigando por internet durante días, dos marcas son las únicas que cumplen todos los requisitos que se les podría exigir:

  • que sea segura para el bebé,
  • que sea de materiales sostenibles, biodegradables y respetuosos con el entorno,
  • que tenga ruedas (je),
  • que haya sido manufacturada lo más cerca de casa posible,
  • que la podamos pagar (jeje)
  • y que se pueda utilizar tanto como cuna normal como de colecho.

Pero aquí comienza el drama. Aunque las dos empresas tienen sede en Cataluña (casualidad. Si tuvieran sede en Torremolinos también serviria, pero no es el caso), sólo una tiene la fabrica realmente aquí y utiliza maderas de bosques gestionados en el territorio. La otra creo que tiene la fábrica en algún lugar de Europa del este (y digo creo porque tras muchas horas de búsqueda sólo he encontrado una referencia vaga y no oficial). Las consecuencias: la producida localmente vale un 62% más que la otra (y esta otra tampoco es que la regalen. Es muy conocida como una de las más caras del mercado).

Realmente la culpa del precio exhorbitado de la “local” no es de la empresa. Producir algo aquí y de madera es realmente mucho más caro que externalizar la producción a donde el nivel de vida es mucho más bajo y los materiales más baratos (por muy proveniente de bosque sostenible que digan ser).

Claro, la mejor opción, la más decrecentista es conseguir el modelo “local” y de segunda mano. Pero colechar implica un mercado reducido y siendo tan desorbitantemente cara, sería mucho pedir que mis vecinos tuvieran justo ahora una casi nueva para vender. Estoy a la caza de la otra, “semilocal” por decir algo, pero resulta muy difícil.

Pero volviendo a nosotros, al final, si no queremos que nuestro niñ@ duerma directamente en nuestra cama (cosa muy respetable y que a mucha gente le va muy bien, pero siendo primerizos preferimos no intentar), supongo que acabaremos comprando una de las dos… y lo más seguro es que al final el tema económico acabe imperando.

Acerca de Ana

Nací en los ochenta y soy, por los pelos, de la generación millenial. Pero de los tempranos, no de los ni-nis, sino de los que estudiaron mucho y emigraron. Yo estudié mucho y me doctoré en química orgánica, pero no emigré. Me quedé y ahora me he reproducido. Y aquí estoy. Escribiendo esto.
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