Ir al Mercado I: abriendo nuevos horizontes.

Yo soy hija de los años ochenta y de una ciudad de tamaño medio. Por tanto, siempre he sabido que existían los mercados de barrio, sabía que no eran lo mismo que los mercadillos, a través de mi abuela sabia que allí se conseguían alimentos de mejor calidad y jamás vi a mi madre poner el pie en uno de ellos.

fruiteria de petita

Con el colegio fui alguna vez de excursión al Mercado Central de mi ciudad natal, y quedé encantada con los puestos de frutas y con los olores y colores, mucho más intensos que en el aséptico supermercado por donde mi madre me arrastraba sentada en la infame sillita para niños de los carros de supermercado, la cual siempre conseguía que se me durmieran las piernas de un modo tan extremo que alguna vez temí haberlas perdido para siempre.

Pero, volviendo al tema, cuando alguna vez le pregunté a mi madre el porqué no iba al mercado, cuando olía mejor y mis profesoras (que tampoco iban) nos instaban a rellenar cuadernillos de actividades post-excursión-al-mercado resaltando todas sus cualidades benéficas, las respuestas fueron más o menos éstas:

- se pierde mucho tiempo

- es más caro

- no están todas las cosas que necesitamos.

Más o menos las mismas respuestas me dieron mis compañeros de trabajo cuando, 25 años después, les pregunté lo mismo. Ellos, hijos como yo de los ochenta, alguna vez han asomado el morro por el mercado de su zona, que suele ser muy bonito y con mucha paradas, han comprado un capricho carísimo (chuletillas de cordero lechal salvaje, un poco de fuet artesanal de las montañas de Moria, quizás medio kilo de cerezas de los campos de un arrollo del Jerte apenas explorado, etc.) que les ha ratificado que ir al mercado es un lujo que no se pueden permitir y no han vuelto jamás. Lo curioso es quemercat somnis todas estas exquisiteces, u otras parecidas, también las venden en las grandes superficies, pero cuando vemos que valen un trillón de dólares el gramo ni nos molestamos en considerar comprarlas y nos llevamos el chóped de oferta y tan contentos. De alguna manera estamos convencidos de que en los mercados sólo venden cosas exquisitas y artesanales, carísimas e imposibles de consumir para una familia que no pertenezca a la alta burguesía del siglo XIX. Sigue siendo como cuando iba de excursión al Mercado Central y quedaba fascinada, precisamente debido a que ese mundo no pertenecía a mi día a día y lo miraba con el mismo pasmo que podía contemplar un león del Serengueti en los documentales de la 2. Bonito, chulo, totalmente ajeno a mí.

Sin embargo, resulta que no tiene porqué ser así, que al lado de las chuletas de cordero lechal salvaje hay carne magra y huesos para hacer cocido, junto a la cestilla de cerezas mágicas hay kilos de frutas cultivadas a no más de 30 kilómetros de tu casa, y si dejas de centrar todos tus sentidos en el olor, color y (posible) sabor del fuet artesanal de Moria, descubrirás el humilde chóped de oferta, igual que en el supermercado.

A-public-market-in-Paris_Marché-de-Grenelle_located-in-boulevard-Grenelle_sunday-first-juin-2008_from-Dupleix-subway-station_816x612¿Y si es todo igual, para qué ir? Pues porque no es igual.

 Ir al mercado de tu barrio/ciudad/pueblo conlleva una serie de ventajas teóricas que eran las que me repetían hasta la saciedad cuando iba de excursión allí, y que son más o menos las que se pueden encontrar en cualquier página web o folleto que quiera resaltar el comercio local de cualquier barrio/ciudad/pueblo. En este caso cito (casi) textualmente las que he encontrado en una página web llamada canalsolidario:[i]

  • Los comercios locales y los mercados de barrio son fundamentales para la salud de nuestras comunidades. Es habitual que sus propietarios vivan en la zona, por lo que el dinero gastado en sus tiendas también ayuda a fortalecer la economía local. Hay estudios que demuestran que el dinero gastado en comercios de proximidad circula en el barrio 3 veces antes de desaparecer en la economía general. Mientras que la mayor parte de lo gastado en las grandes superficies sale de la región casi de inmediato.
  • Las tiendas de barrio además son un buen lugar donde encontrarse y estar de charla y hacer red con tus vecinos y vecinas.
  • Para desplazarnos hasta las afueras consumimos mucho tiempo y grandes cantidades de dióxido de carbono. Frecuentar más los comercios locales nos ayuda a reducir el impacto en el medio ambiente que suponen los desplazamientos a los centros comerciales. Ir paseando o en bici a las tiendas de barrio permite disminuir el tráfico y los gastos de gasolina, a la vez que haces ejercicio físico.
  • Se calcula que el contenido de una cesta de la compra típica ha recorrido más de 160.000 kilómetros hasta llegar a las estanterías de un centro comercial. Los comercios de barrio cuentan con más productos locales o cultivados y fabricados en la zona.
  • Los pequeños comercios consumen menos energía que los centros comerciales. No son necesarios esos gigantes congeladores abiertos, ni las luces brillantes encendidas día y noche, ni las puertas abiertas con sistemas para impedir que entre el calor ni esos potentes aire acondicionados. Por cada metro cuadrado de espacio en un centro comercial, una verdulería de barrio consume hasta tres veces menos energía.
  • Varios estudios de consumo muestran que la mayor parte de la gente realiza una compra principal una vez a la semana en una gran superficie comercial en el que gasta el 80% del presupuesto familiar. Está comprobado que más de un tercio de estos productos (sobre todo los alimentos) acaban en la basura. Compramos demasiado de una vez o no hacemos planes de antemano y terminamos con productos que nunca usamos. En cambio, las personas que visitan tiendas de barrio a la vuelta del trabajo o en combinación con otros recados, con los que vas llenado poco a poco tu despensa, hacen compras mucho más eficientes. No desperdiciarás comida y comerás alimentos más frescos, por ejemplo.

Si todo esto te parece una discusión romántica para gente desligada de la realidad capitalista del mundo en el que vivimos, aporto también los resultados de un estudio realizado por las Fundaciones Ford y W.K. Kellogg[ii] – que en el caso de la primera no creo que nadie se atreva a clasificarla como hippie o perro-flauta-antiglobalización. En el caso de la segunda… bueno, cotiza en bolsa, ¿no? –  Según estas investigaciones los seis principales impactos son:

1305781017_markets_benefits_diagram_smallOportunidades Económicas porque los mercados públicos se establecen como las incubadoras de las pequeñas empresas. Los mercados públicos se vinculan con las economías urbanas y rurales, los productos provienen de localidades más próximas y hay menos riesgo de desabastecimiento, así como se afianza la economía local y se reduce el paro. Los mercados además actúan como ancla para las empresas vecinas, fomentan el desarrollo económico del barrio en el que están y pueden llegar a mejorar el valor inmobiliario. Los mercados públicos promueven la salud pública, ya que tanto en EE.UU. (recordemos que fue donde se realizó la investigación) como en Europa la obesidad alcanza cifras epidémicas, sobre todo en los sectores económicamente más bajos. Idealmente estos mercados podrían, además de ofrecer el acceso a alimentos sanos y frescos, críticas culinarias, información sobre la salud, educación en la alimentación y ritmo de vida, todo esto en un tono cercano y acogedor que fomente este espacio público. Y por último es indudable que los mercados públicos crean un espacio público activo y que pueden convertirse en un punto de encuentro entre gente muy diversa, como conforman hoy en día, las sociedades multiculturales que habitan las ciudades.

Teóricamente, todo parecen ventajas. Así que un día cogí el carrito de la compra (que acababa de comprar para la ocasión) y me dirigí al misterioso reino del Mercado Municipal….

Continuará…

 

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